Vista desde un quinto día.

Frensham Heights School

Siempre se ha dicho que, en toda aventura, los acontecimientos propios de los primeros días suceden de forma vertiginosa, habiendo, enseguida, mucho que contar. Nuestro caso no es una excepción.

Nuestro primer día empezó (saltándonos el prólogo de los despertares y las despedidas) sobre las 5 de la mañana. Allí nos encontrabamos 13 viajeros llenos de esos nervios que quitan el sueño. El carácter afabable y abierto de las niñas y niños hizo que en seguida todos nos conociéramos lo suficiente para saber que siempre tendríamos el apoyo de los demás.

Ya en el avión pasamos un vuelo agradable, sin torbulencias y con todos junto a alguien del grupo.

Tras llegar al aeropuerto del destino fuimos informados de que debíamos esperar a un chico del Brasil que vendría con nosotros. Durante la espera aprovechamos para comprar algo para picar y, al son del ukelele, cantar, reír y charlar.

A la llegada al hotel en autocar nos quedamos boquiabiertos con la casa de campo donde vamos a vivir estas tres semanas. Laberíntica casa con cientos de pasillos y grandes habitaciones en las que convivimos con gente de México, Rusia y Francia.

Desde la llegada no hemos parado de hacer actividades al rededor de la enorme área que rodea la mansión: fútbol, voleibol, tenis, natación y un montón de juegos organizados para investigar la zona y conocernos mejor entre nosotros.
Las clases comenzaron el lunes, empezando así la rutina de disfrutar al máximo mientras mejoramos nuestro inglés. Las clases no son agotadoras y nos dejan fuerzas suficientes para gastarlas con los juegos imaginativos que los monitores del lugar inventan. Eso sí, tras un largo día descansamos nuestras fuerzas en el teatro (sí, hay un teatro entero) viendo divertidas películas británicas. Tras ello nos vamos a dormir sorprendidos de lo mucho que se puede realizar en un día.
Y,  tras la noche, vamos a Portsmouth. Estamos ansiosos.